top of page

Reflexión sobre la belleza, belleza interior y subjetiva

  • Foto del escritor: Faroah Páez Castillo
    Faroah Páez Castillo
  • 4 ago 2025
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 7 sept 2025

La belleza ¿Dónde se encuentra? ¿Qué la define?


Yo, siendo honesta, me considero de una belleza modesta si me comparo con el canon impuesto actualmente. Tengo 40 años, y claro, la cara de niña ya quedó atrás. Mis facciones, que siempre sentí marcadas, ahora con la edad y el peso (que es menor al de antes) se notan todavía más. Soy bajita, cabezona, frentona; tengo ojos grandes, boca grande, dientes grandes, orejas grandes, cejas oscuras y pobladas, pestañas espesas, nariz chata respingada, cabello largo, liso, castaño, y un cuerpo armónico y delgado. Esa es mi percepción de mí misma. Y con la misma honestidad que me caracteriza, sé que si me ponen en una multitud no destacaría por mi apariencia.


De niña ni pensaba en eso. En esa época mis rasgos eran adorables: ojos grandes color avellana, cabello lacio fácil de manejar,  cachetes redonditos y naricita chata que completaba el conjunto. Pero en el colegio todo cambió: me hice amiga de una niña que pronto todos consideraron muy linda. Y ahí entendí que yo no lo era tanto, porque la atención era para ella y a mí apenas me llegaba alguna burla aislada, nada grave, pero sí lo suficiente para darme cuenta de que mi belleza era más parecida a la de un mono que a la de una reina.


En la adolescencia esa percepción ya estaba instalada. A eso se sumaba mi timidez y lo poco que me gustaba llamar la atención. Me sentía fea y rara, pero no “rara especial”, sino rara en el sentido de poco atractiva. Ese sentimiento me acompañó muchos años. A veces alguien me lanzaba un piropo o una mirada y yo no sabía qué hacer con eso: pensaba que se habían equivocado, o me daba emoción, pero me congelaba y quería salir corriendo.


Cuando entré a la universidad, seguía sintiéndome igual, solo que ya vestía un poco mejor y era un poco más curiosa, más exploradora. Además, tenía un trabajo de atención al público donde recibía miradas y halagos de hombres. Era extraño. Ya no entraba en shock, incluso me animaba a coquetear un poco, pero la pregunta seguía: ¿por qué se fijaban en mí?


En esos años no entendía por qué me miraban si yo no era bonita ni especial. Pero empecé a notar un patrón: los hombres que a mí me parecían lindos también se fijaban en mí. En ese entonces mi estándar no era muy alto, pero salvo una o dos excepciones, esa era la estadística. Y ahí empezó mi cuestionamiento: ¿qué es realmente la belleza?, ¿qué atrae?, ¿qué veían en mí, sobre todo en una época donde mi autoestima y mi seguridad eran casi nulas?


Aun así, dejé que las cosas pasaran. Empecé a tener citas, a desenvolverme, y con los años mis gustos se volvieron más específicos y mis estándares más altos. Internet me abrió un mundo nuevo: podía conocer más hombres, elegir, y claro, la primera impresión siempre era física. En esa época no existían aún las apps de citas como hoy, pero sí había una plataforma llamada “Sexy o No”, donde la gente te clasificaba en un ranking de atractivo. Y para sorpresa mía, ¡no me rajé! Mi promedio no era bajo, era normal tirando a alto. Eso me dejó claro que yo llamaba la atención.


Después tuve un par de relaciones cortas y un noviazgo de cinco años que me volvió a sacudir todas las inseguridades: ahí no me sentía deseada ni valorada, mucho menos linda. Tras esa etapa empecé a trabajar en mí, a cuidarme en todos los sentidos. Y cuando llegó Tinder, ya con una autoestima más sana y un amor propio fortalecido, descubrí que mi encanto seguía intacto. Esa fue mi época prime: me fijaba en hombres extranjeros, guapos según el canon, y ellos también se fijaban en mí.


Hoy, por dentro, muchas cosas han evolucionado. Y físicamente no me siento ni más linda ni más fea, simplemente sé que tengo un encanto. Aunque muchos de esos hombres me digan que soy bonita y sexy, yo sigo con mi “objetividad”: bajo el estándar social, mi físico no es el más espectacular ni el más llamativo. Algunos me dicen que mi belleza es hegemónica, que sí encajo, pero yo no lo siento así.


Y entonces vuelvo al punto: todo son percepciones. Cada uno tiene su propio atractivo, pero casi siempre ponemos la atención en lo que no nos gusta. Yo aún no entiendo qué es lo que atrae de mí físicamente a tantos hombres guapos, altos y atléticos. No tengo la respuesta, y tampoco me desvela. Solo sé que pasa.


Hoy me hice cargo de mí: le quité el juicio a mi apariencia, le di valor a mi esencia. No siento que atraiga ni más ni menos que antes, creo que siempre tuve un nivel alto de atracción (aunque me costara reconocerlo). La diferencia es que ya no me peleo con eso. Y sigo siendo la misma: auténtica, femenina, tierna, real… con el mismo físico de siempre: bajita, cabezona y con ojos grandes.


La belleza es tan incierta como real. Si este fragmento resonó contigo, acompáñame en estas reflexiones: escribo para habitar lo esencial.

reflexión sobre la belleza, belleza interior y subjetiva


Comentarios


  • Facebook
  • Twitter
  • Instagram

FractalesDeMiSer

311 5311652

fafepaez@gmail.com

© 2025 by fafepaez

Suscríbete y recibe una reflexión semanal

Escríbeme

Si quieres contactar conmigo, compartir alguna experiencia o simplemente hablar... aquí estaré 

bottom of page