top of page

Reflexión sobre la belleza, belleza interior y subjetiva

  • Foto del escritor: Faroah Páez Castillo
    Faroah Páez Castillo
  • 4 ago 2025
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: hace 4 días

La belleza ¿Dónde se encuentra? ¿Qué la define?


Si soy honesta, me considero de una belleza modesta si me comparo con el canon impuesto actualmente. Tengo 40 años y, claro, la cara de niña ya quedó atrás. Mis facciones, que siempre sentí marcadas, ahora con la edad y con un peso menor al de antes, se notan aún más. Soy bajita, cabezona, frentona; tengo ojos grandes, boca grande, dientes grandes, orejas grandes, cejas oscuras y pobladas, pestañas espesas, nariz chata respingada, cabello largo, liso, castaño, y un cuerpo armónico y delgado.


Esa es mi percepción de mí misma. Y, con la misma honestidad que me caracteriza, sé que si me ponen en una multitud no destacaría por mi apariencia.


De niña ni pensaba en eso. En esa época mis rasgos eran adorables: ojos grandes color avellana, cabello lacio fácil de manejar, cachetes redonditos y una naricita chata que completaba el conjunto. Pero en el colegio todo cambió: me hice amiga de una niña que pronto todos consideraron muy linda. Y ahí entendí que yo no lo era tanto, porque la atención era para ella y a mí apenas me llegaba alguna burla aislada —nada grave—, pero sí lo suficiente para darme cuenta de que mi belleza era más parecida a la de un mono que a la de una reina.


En la adolescencia esa percepción ya estaba instalada. A eso se sumaba mi timidez y lo poco que me gustaba llamar la atención. Me sentía fea y rara, pero no “rara especial”, sino rara en el sentido de poco atractiva. Ese sentimiento me acompañó durante muchos años. A veces alguien me lanzaba un piropo o una mirada y yo no sabía qué hacer con eso: pensaba que se habían equivocado, o me daba emoción, pero me congelaba y quería salir corriendo.


Cuando entré a la universidad, seguía sintiéndome igual, solo que ya vestía un poco mejor y era más curiosa, más exploradora. Además, tenía un trabajo de atención al público donde recibía miradas y halagos de hombres. Era extraño. Ya no entraba en shock; incluso me animaba a coquetear un poco, pero la pregunta seguía ahí: ¿por qué se fijaban en mí?

En esos años no entendía por qué me miraban si yo no era bonita ni especial. Pero empecé a notar un patrón: los hombres que a mí me parecían lindos también se fijaban en mí. En ese entonces mi estándar no era muy alto, pero —salvo una o dos excepciones— esa era la constante. Y ahí empezó mi cuestionamiento: ¿qué es realmente la belleza?, ¿qué atrae?, ¿qué veían en mí, sobre todo en una etapa donde mi autoestima y mi seguridad eran casi nulas?


Aun así, dejé que las cosas pasaran. Empecé a tener citas, a desenvolverme, y con los años mis gustos se volvieron más específicos y mis estándares más altos. Internet me abrió un mundo nuevo: podía conocer más hombres, elegir… y claro, la primera impresión siempre era física. En esa época aún no existían las apps de citas como hoy, pero sí había una plataforma llamada “Sexy o No”, donde la gente te clasificaba en un ranking de atractivo. Y para sorpresa mía, ¡no me rajé! Mi promedio no era bajo, era normal tirando a alto. Eso me dejó claro que sí llamaba la atención.


Después tuve un par de relaciones cortas y un noviazgo de cinco años que volvió a sacudir todas mis inseguridades: ahí no me sentía deseada ni valorada, mucho menos linda. Tras esa etapa empecé a trabajar en mí, a cuidarme en todos los sentidos. Y cuando llegó Tinder, ya con una autoestima más sana y un amor propio más fortalecido, descubrí que mi encanto seguía intacto. Esa fue mi época prime: me fijaba en hombres extranjeros, guapos según el canon, y ellos también se fijaban en mí.


Hoy, por dentro, muchas cosas han evolucionado. Y físicamente no me siento ni más linda ni más fea; simplemente sé que tengo un encanto. Aunque muchos de esos hombres me digan que soy bonita y sexy, yo sigo con mi “objetividad”: bajo el estándar social, mi físico no es el más espectacular ni el más llamativo. Algunos me dicen que mi belleza es hegemónica, que sí encajo, pero yo no lo siento así.


Y entonces vuelvo al punto: todo son percepciones. Cada persona tiene su propio atractivo, pero casi siempre ponemos la atención en lo que no nos gusta. Yo aún no entiendo qué es lo que atrae de mí físicamente a tantos hombres guapos, altos y atléticos. No tengo la respuesta, y tampoco me quita el sueño. Solo sé que pasa.


Hoy me hice cargo de mí: le quité el juicio a mi apariencia y le di valor a mi esencia. No siento que atraiga ni más ni menos que antes; creo que siempre tuve un nivel alto de atracción (aunque me costara reconocerlo). La diferencia es que ya no me peleo con eso.

Y sigo siendo la misma: auténtica, femenina, tierna, real… con el mismo físico de siempre: bajita, cabezona y con ojos grandes.



La belleza es tan incierta como real. Si este fragmento resonó contigo, acompáñame en estas reflexiones: escribo para habitar lo esencial.

reflexión sobre la belleza, belleza interior y subjetiva


Comentarios


  • Facebook
  • Twitter
  • Instagram

FractalesDeMiSer

311 5311652

fafepaez@gmail.com

© 2025 by fafepaez

También facilito conversaciones donde, poco a poco, las cosas empiezan a tomar claridad. Si te resuena vivir algo así, puedes escribirme.

Escríbeme

Si quieres contactar conmigo, compartir alguna experiencia o simplemente hablar... aquí estaré 

bottom of page